PUERTO MADRYN Y LAS HUELLAS DE UNA CIUDAD QUE CRECIÓ MIRANDO AL MAR
Cuando los barcos dejaron de navegar

Hay historias que se cuentan mirando hacia el horizonte y hay otras que empiezan cuando uno mira hacia abajo. Frente a las costas de Puerto Madryn, bajo las aguas del Golfo Nuevo y también sobre algunas de sus playas, permanecen las huellas de barcos que alguna vez navegaron estas costas.
Algunos llegaron cargados de mercaderías, otros transportaron pasajeros, otros trabajaron en la pesca o en el comercio marítimo. Algunos tuvieron vidas largas y aventureras. Otros encontraron aquí un final inesperado. Hoy forman parte de un patrimonio que permite reconstruir cómo se navegaba, cómo se trabajaba y cómo fue creciendo Puerto Madryn alrededor de su relación con el mar. Y quizás lo más fascinante sea que detrás de cada nombre hay una historia diferente.
Colomba: una vida de viajes y dos finales
En 1919, el Colomba navegaba rumbo a Comodoro Rivadavia cuando encalló en las proximidades de Punta Piaggio, dentro del Golfo Nuevo. Pero aquel no sería todavía su final. Después de ser recuperado, fue utilizado para transportar sal entre Puerto Pirámides y Puerto Madryn. Más tarde cambió nuevamente de dueño y de función: pasó a utilizarse como chata o pontón.
Recién el 16 de septiembre de 1935 un incendio puso fin a su vida como embarcación. Desde entonces, sus restos permanecen sobre la playa, en la zona de la actual avenida Guillermo Rawson y Yamanas.
Hoy queda apenas parte de su casco. Pero esos restos cuentan algo mucho más grande: el Colomba pertenece a una época en la que las goletas de vela, algunas con motores auxiliares, eran protagonistas del comercio costero. Su estructura conserva las huellas de aquellos últimos barcos de vela y casco
metálico construidos para navegar y comerciar. Y hay un detalle precioso: uno de sus palos sobrevivió al barco y hoy puede verse en el Club Náutico Atlántico Sud.
A veces, la historia no desaparece, simplemente cambia de lugar.
Los muelles que hicieron crecer a la ciudad
Antes de hablar de naufragios, vale la pena detenerse en algo que muchas veces vemos sin imaginar todo lo que representa.
El antiguo muelle Guttyn Ebrill fue inaugurado en 1886. Lo construyó un carpintero galés cuyo nombre quedó ligado para siempre a aquella estructura. Pero pronto resultó insuficiente para el creciente tráfico marítimo de Puerto Madryn y en 1910 fue reemplazado por el muelle Luis Piedra Buena.
El nuevo muelle acompañó una transformación enorme. Con el ferrocarril funcionando entre Trelew y Puerto Madryn, la ciudad se convirtió en un punto de conexión entre la colonia galesa, otros puertos
patagónicos, Buenos Aires y el exterior.
Por allí entraron mercancías, personas, materiales y maquinaria. Mucho después, en 1972, llegó el primer crucero turístico. El mismo muelle que alguna vez recibió barcos vinculados al crecimiento de la Patagonia es hoy parte de la experiencia turística de Puerto Madryn.
La historia marítima, en este caso, no está escondida. La caminamos todos los días.
Río de Oro: un barco del que todavía quedan preguntas
A unos 800 metros de la costa, cerca del muelle Piedra Buena, descansan los restos del Río de Oro.
Lo que queda es parte del casco de una embarcación de madera, de unos 24 metros de largo. Se conservan elementos de su estructura, partes del sistema de anclaje y un tramo de cadena.
Pero quizás lo más interesante de este naufragio sea que su historia todavía tiene zonas de incertidumbre.
Las fuentes históricas no coinciden completamente sobre qué barco fue el Río de Oro, cuándo naufragó ni cuál era exactamente su actividad. Una fuente de 1918 menciona un vapor llamado Río de Oro destruido por un incendio en Puerto Madryn. Otra investigación lo relaciona con un pesquero de
bandera argentina dedicado a la captura del cazón. Pero las fechas no encajan: si el naufragio ocurrió a comienzos del siglo XX, esa actividad pesquera todavía no se desarrollaba en la zona.
Los propios investigadores señalan la contradicción. Y ahí aparece una de las cosas más maravillosas de la arqueología: a veces no se trata de tener todas las respuestas, sino de seguir haciendo preguntas.
Emma: una goleta que navegó hacia una historia increíble Y entonces aparece la Emma
Construida en Maine, Estados Unidos, en 1883, esta goleta de madera de dos palos tenía una larga vida por delante. Durante décadas navegó por distintos puertos de la Patagonia y las Islas Malvinas.
Transportó carga y pasajeros, participó de la caza de lobos marinos y de la pesca del cazón. Pero en 1916 su historia estuvo a punto de llevarla a un escenario extraordinario. Ese año fue alquilada por Ernest Shackleton para intentar rescatar a los integrantes de su expedición antártica que habían quedado varados después de la pérdida del Endurance.
La Emma no pudo cumplir la misión: los témpanos y la rotura de su motor se lo impidieron. Aun así, aquella pequeña goleta quedó vinculada para siempre a una de las grandes historias de exploración polar.
Décadas después, en 1947, la Emma estaba fondeada frente a Puerto Madryn cuando un incendio provocó su hundimiento. Y aquí aparece otra sorpresa: En la década de 1950, sus restos se convirtieron en uno de los primeros sitios de buceo de Puerto Madryn. Poco más de diez años después, allí se creó el
primer parque submarino de la Argentina.
Hoy quedan pocos restos. Pero quedan suficientes para que, cuando alguien se sumerge en ese lugar, no
esté simplemente viendo un barco hundido. Está entrando en una historia que comenzó hace más de 140 años, cruzó mares, llegó hasta una expedición antártica y terminó en nuestro Golfo.
Villarino: un barco que también trajo historia a la Patagonia
El Villarino fue botado en Inglaterra en 1880 y perteneció a la Armada Argentina. Su primer viaje fue extraordinario: repatrió a la Argentina los restos del General José de San Martín. Después comenzó una larga relación con la Patagonia. Recorrió sus puertos transportando mercancías y personas, realizó tareas de relevamiento hidrográfico y participó incluso en la construcción del Faro de San Juan de Salvamento, el posteriormente conocido como Faro del Fin del Mundo.
En 1899, durante su viaje número 101 por la región, chocó contra una restinga en las Islas Blancas, en la Bahía Camarones, y quedó abandonado.
Muchos años después, en 1970, un grupo de buzos de Puerto Madryn realizó una inmersión en sus restos. Aquella fue la primera de varias expediciones que terminaron con la extracción de su hélice.
Hoy esa hélice está en nuestra ciudad, junto al busto de San Martín. Una parte del barco que alguna vez transportó los restos del Libertador terminó encontrando un nuevo destino en Puerto Madryn.
Y todavía quedan muchas historias
Está el remolcador Madryn, construido en 1911 para trabajar junto al muelle Piedra Buena y que terminó encallando en 1944 después de que un temporal del norte soltara sus amarras.
Está Bahía Galenses, un naufragio cuya identidad todavía no está definitivamente establecida y que lleva ese nombre porque se encuentra en el sector donde desembarcaron los colonos galeses en 1865. Entre sus restos aparecieron grandes calderos compatibles con los utilizados por barcos balleneros del siglo XIX.
Y existe una posibilidad que parece salida de una novela: los investigadores plantean que esos restos podrían corresponder al Dolphin, un ballenero estadounidense que naufragó en 1859. Sus tripulantes fueron rescatados por Luis Piedra Buena, quien los llevó hasta Carmen de Patagones. La identificación no es definitiva, pero la hipótesis abre una ventana fascinante hacia la historia de la navegación ballenera en nuestras costas.
Está también el enorme Kaiser, construido en Alemania en 1881, que recorrió rutas comerciales entre Europa, África e India antes de llegar a Puerto Madryn.
En 1915, convertido en pontón y depósito, sufrió un incendio en una bodega de combustible. Intentaron retirarlo y encallarlo, pero durante la noche la marea lo volvió a poner a flote y el barco se internó en el Golfo. Tres días después fue nuevamente remolcado y encallado cerca de Punta Cuevas.
Y está el Folías, mucho más reciente. Se incendió en mar abierto en diciembre de 1980, fue remolcado hasta Playa Paraná e intentaron encallarlo allí. Pero dos días después, la marea y el viento volvieron a llevarlo hacia el mar, donde finalmente se hundió.
Hoy es el naufragio más visitado por buzos de la región y también recibe a apneístas, kayakistas y embarcaciones. Su casco se ha convertido, además, en refugio y soporte para una diversa comunidad de organismos marinos.
Cuando conocemos las historias, el Golfo cambia quizás ese sea el verdadero valor de estos naufragios.
No son solamente estructuras de madera y hierro. No son solamente puntos en una carta náutica.
Son fragmentos de vidas que quedaron detenidos en el tiempo. Algunos pueden verse desde la costa. Otros requieren sumergirse. Algunos conservan apenas unas pocas piezas. Otros todavía permiten reconocer buena parte de su estructura.
Pero todos tienen algo en común: nos hablan de un Puerto Madryn profundamente ligado al mar.
La propia guía que reúne estas investigaciones lo expresa con claridad: este patrimonio es frágil e irremplazable, pero también es una fuente privilegiada para conocer la navegación patagónica, la historia local y los cambios en la tecnología naval. Y cuanto más se conoce, más posibilidades existen de
disfrutarlo y preservarlo.
Quizás algún día podamos recorrer estas historias como parte de una experiencia turística más amplia.
Quizás podamos caminar por la costa reconociendo dónde estuvieron aquellos muelles, visitar los restos que todavía sobreviven, sumergirnos en el Golfo para encontrarnos con los barcos que descansan bajo sus aguas y, sobre todo, escuchar las historias que tienen para contarnos.
Porque después de conocerlas, hay algo que ya no podemos hacer: mirar el Golfo Nuevo como antes.
Claudia Martitsch
Buzo y apneísta
Directora de Operaciones en Slow & Steady Travel Patagonia




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