CUANDO EL LICENCIAMIENTO AMBIENTAL SE CONVIERTE EN MONEDA DE CAMBIO
- 7 ene
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Quienes pierden son nuestras hijas e hijos

Cuando el Congreso en Brasil decidió echar abajo la mayor parte de los vetos presidenciales a la Ley General de Licenciamiento Ambiental, resucitando lo que tantos movimientos llaman el PL de la Devastación, yo no pude leer la noticia “solo” como ciudadana que se indigna con la política.
La leí como mamá de dos hijas. La leí como emprendedora que vive de la naturaleza. La leí como alguien que, desde hace años, intenta construir un modelo de turismo que no necesite destruir para después “compensar”.
Porque, en el fondo, de eso estamos hablando cuando se toca el licenciamiento ambiental: de qué mundo vamos a dejarles a quienes vienen después.ndo mexemos no licenciamento ambiental:de qual mundo vamos deixar para quem vem depois de nós.
Lo que está en juego no es burocracia, es la línea de no retorno
Para muchas personas, el licenciamiento ambiental siempre fue sinónimo de atraso: papeles, exigencias “exageradas”, trabas al desarrollo. Pero, en la práctica, es el principal filtro que tiene el país antes de autorizar impactos que pueden ser irreversibles.
Al derribar los vetos, el Congreso:
amplía el uso del autolicenciamiento, la famosa LAC, permitiendo que emprendimientos de impacto medio sean aprobados sobre la base de una autodeclaración;
flexibiliza todavía más la protección de la Mata Atlántica, un bioma que ya perdió la mayor parte de su cobertura original, pero que aún sostiene a millones de personas;
debilita el rol de los organismos técnicos federales, como Ibama, ICMBio, Funai y Conama, en nombre de una “agilidad” que sabemos muy bien a quién suele servir;
reduce el espacio de participación de pueblos indígenas, quilombolas y comunidades tradicionales, justamente quienes primero sienten en el cuerpo los impactos de los grandes emprendimientos.
En los papeles, esto se vende como “modernización” y “desburocratización”. En la realidad concreta, significa más deforestación, más ríos contaminados, más gente viviendo en zonas de riesgo, más eventos extremos golpeando la puerta de ciudades enteras.
Y acá entra la famosa “línea de no retorno”: bosque talado, acuífero comprometido, comunidad expulsada, especie extinguida. Eso no vuelve. Ese es el camino sin vuelta del que estamos hablando.
El choque entre el discurso climático y la práctica política
Hay, además, una contradicción que duele mirar. Por un lado, Brasil se presenta en conferencias internacionales del clima como liderazgo, habla de deforestación cero, transición justa, economía verde, atracción de inversiones sostenibles. Por el otro, debilita el principal instrumento de protección socioambiental del país, justo en el momento en que deberíamos estar mejorando el licenciamiento, no desarmando sus bases.
Esa contradicción no es solo estética. Tiene efectos concretos sobre:
la credibilidad internacional de Brasil,
la confianza de inversores que realmente buscan sustentabilidad y no solo discurso,
el riesgo climático, jurídico y reputacional que recae sobre el país en su conjunto.
Para quienes emprendemos y trabajamos con y a partir de la naturaleza, esto no es un debate teórico. Yo emprendo en turismo de naturaleza, con foco en experiencias regenerativas. Mi “materia prima” no es un producto industrial: son bosques, ríos, montañas, mares, comunidades, culturas, territorios vivos. Cuando el licenciamiento se debilita, el mensaje implícito es:
“Liberemos el impacto al por mayor y después alguien planta unos árboles, arma un proyecto lindo y le llama compensación.”
Pero las cuentas no cierran. Podés replantar árboles, pero no recreás un ecosistema complejo de un día para el otro. Podés apoyar proyectos sociales, pero no deshacés, con una firma, el desalojo de familias enteras. Podés hablar de neutralización de carbono, pero no le devolvés la vida a quien lo perdió todo en inundaciones y derrumbes agravados por decisiones irresponsables.
Lo que me indigna es ver que existe otro modelo posible: un modelo en el que turismo, agricultura, ciudades y negocios se piensan respetando los límites del territorio; en el que el licenciamiento se entiende como una garantía mínima de seguridad y no como un enemigo a derrotar en nombre del crecimiento a cualquier costo.
Maternidad, legado y la pregunta que no se calla
Cuando leo decisiones como esta, vuelvo siempre al mismo lugar interno: el futuro de mis hijas.
No quiero que crezcan en un mundo en el que tomar agua potable sea un privilegio, en el que inundaciones, incendios y olas de calor sean “una temporada difícil más”, o en el que la idea de bosque, para muchas personas, sea algo que solo existe en fotos del pasado.
Cuando el Estado flexibiliza instrumentos de protección ambiental para agradar intereses de corto plazo, en la práctica, ¿qué les estamos diciendo a las próximas generaciones? “Arréglense después.”
Para mí, eso es profundamente irresponsable, peligroso y cortoplacista, y también un ataque directo a lo que entiendo por legado.
Legado, en mi vocabulario, no es solo premio, patrimonio o cantidad de viajes realizados. Es el tipo de territorio que dejamos, la calidad del agua, el clima que van a enfrentar nuestras hijas y nuestros hijos, el nivel de conflicto o de cuidado que van a heredar.
No es estar en contra del desarrollo. Es estar en contra de la devastación como modelo.
Es importante decirlo: nada de esto es incompatible con el desarrollo, al contrario. Un país que se toma en serio su futuro económico tiene que cuidar la base que sostiene todo:
suelo productivo,
un clima mínimamente estable,
biodiversidad,
seguridad hídrica,
territorios saludables donde quienes producen y reciben turistas puedan vivir con dignidad.
Esto vale para el agronegocio, para el turismo, para la industria, para las ciudades. No va a existir un negocio próspero en un país colapsado ambientalmente. Por eso, cuando veo que se trata al licenciamiento como “traba”, lo que veo, en realidad, es un ataque a la inteligencia estratégica del propio país. Un país serio no debilita sus mecanismos de control: los mejora, los hace más transparentes, más técnicos, más eficientes. Pero no desarma aquello que impide que lo irreversible ocurra.
No tengo respuestas simples, pero sé que el silencio no es una opción. Como mamá, como emprendedora de la naturaleza y como ciudadana, elijo no normalizar este tipo de retroceso, apoyar a quienes están en la primera línea de la defensa socioambiental, usar mi voz y mi trabajo para recordar que no existe un planeta B, tampoco un Brasil B, tampoco una infancia B.
Si vos también actuás en cualquier sector que dependa de agua, suelo, clima y gente viva, o simplemente te importa quienes vienen después, este debate no es “de nicho”. Es un debate sobre qué historia vamos a contarles a las próximas generaciones cuando nos pregunten:
“Y entonces, ¿qué hicieron ustedes cuando todavía había tiempo de elegir otro camino?”
Lia Barros
Fundadora e CEO da Slow & Steady Travel


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